Don Hilario jugaba millones
He aquí, el rezago con la estampa del valle elquino hecho a mano y tren porfiado. Para lectoras y lectores que tienen paciencia e imaginación. Saludos a la gente que ensancha el alma ...

El tren pasaba mañana y tarde
Don Hilario jugaba millones.
josé manuel pizarro
Portezuelo, El Milagro, La Era y Miguelito eran los predios hechos a mano con que el viejo Hilario desafiaba a cualquier jugador de lotería que se aproximase a la rinconada de los cebollines. Efectivamente, nunca perdió sus tierras y los ganadores, que fueron muy contados, sólo por un instante se sintieron copropietarios de aquel vergel entre el cerro y la línea ferroviaria.
Perdida su fortuna, don Hilario cogía unos dados extraños de color rojo y con figuras blancas. En rápidos movimientos los dejaba caer sobre la mesa y el vencedor tenía ante sus ojos una media luna, un sol, un círculo, cubo u otras figuras que sólo dependían de la caída del elemento de juego. La apuesta se renovaba por partida doble y ahí si que nadie le ganaba al maestro.
Por el año que le otorgaron el Premio Nobel a la sencilla poetisa de Elqui, el viejo dejó para siempre el sombrero de los años treinta y no hubo quién lo convenciera que en misa y otras ceremonias había que sacarse la chupalla.
Algunos graciosos le ofertaron poner en juego la chupalla … incluso le aceptaban que sacara sus dados brujos. No, no tuvieron éxito.
El tren pasaba mañana y tarde. El conductor, maquinista y fogonero y hasta algunos pasajeros – conocedores del cuento de la chupalla fija - se esmeraban en hacerle saludos ceremoniosos. Pero, don Hilario sólo levantaba una mano y sonreía, sonreía, sonreía.
Los mejores partidos se celebraban por noviembre cuando innumerables puntos negros afloraban en las higueras y los pámpanos aseguraban fértil cosecha para febrero. Sí, don Hilario se dejaba ganar algunas cajitas de damascos albaricoques y pella de oro.
Una mañana. Un niño cruzó el encañado y al fondo de la enramada vio al viejo Hilario jugando un solitario. Los años habían pasado muy rápidos. Se habían alejado los amigos y llegaban los achaques.
- ¡ Don Hilario dice mi abuelita que …
- ¡ Ya sé, hijo … pasa, pasa, pasa ; mi comadre te manada a que me ganes “El Cebollín”! ¿ Verdad ? ¡ Meche – llama a su esposa – trae un taburete para el niño y de pasadita un libro porque a él le gusta leer ! ¡ Ah ! – señala a los árboles que recién empiezan a brotar – no será necesario sacar los dados … vamos a jugar millones y millones, pero, sólo de imaginación. ¿ Qué te parece ?
- Sí, es mejor así, porque usted tiene el fundo arrendado …
- Vamos muchacho … unos pocos millones y después a leer y leer porque allí si que hay millones de letras.
El viejo y el niño pasaron muchas tardes jugando y leyendo. Parte del Antiguo Testamento y partido jugado ; otro tanto del Nuevo Testamento y partido iguales. Un libro que él trajo de las Pampas Salitreras cuando era capataz de los muleros y partido perdido por don Hilario. Un Estatuto de Socorros Mutuos y ambos ganan. Ya no había que leer y al niño sus obligaciones escolares le impidieron seguir jugando.
Una tarde. Una mujer, doña Meche, llegó a comunicar el último deseo de su Hilario : jugar un partido con el niño.
Tambaleándose, el buen anciano, cogió los cartones, revolvió los números, miró dulcemente a su alrededor y señalamdo a un viejo “Zig Zag” , en cuya portada aparecía el rostro de Gabriela, le dijo con voz tenue a su pequeño amigo : “En este último partido no vamos a jugar millones, vamos a esperar con quién se va o se queda esta muchacha.”
Convinieron las cantidades de ternas, cuaternas y lotas. Al cabo de un par de horas … el viejo amigo “nuevamente se dejó ganar”.

Esta vez no vamos a jugar millones...
Un silencio profundo invadió a esas dos almas. – Tome hijo … - mientras pasaba la revista sacóse la chupalla dejando al descubierto su venerable cabeza patriarcal – a ella aún no la hemos sabido valorar.
Aquella tarde se despidieron los dos amigos. Uno encorvado, triste y enfermo dirigiéndose al cuarto oscuro con el bastón en una mano y en la otra su raída chupalla. El otro , corriendo despreocupado, alegre y sano, llevando unos pocos cebollines en una mano y en la otra el retrato juvenil de la maestra rural.
( Del libro “Terraleando” ).
Nota: Hilarión Molina registra deceso el 14 de junio de 1948 en el cementerio parroquial de Diaguitas.
