A g u a d e r o
Una toma de agua pequeña, asombra ...

Pedro Rivera maneja su Ford ´29 en Diaguitas. JMP
Aguadero José Manuel Pizarro
La coyunta rumiadora, estampa del ayer, retoma la vuelta del camino para aquellos silencios aldeanos en la región de los valles. Cuando aún no desaparecen del todo ciertas resonancias de los clanes de culto a la naturaleza en representaciones de agua, cielo y tierra. Donde la mansedumbre e inteligencia laboral se hacía notoria entre amaneceres y la puesta de sol en las alturas de Alcohuaz y otros lugares en que los hacedores de tareas plantaron viñedos y cultivaron la tierra de la región. Vamos arando…
El pozo es ojo de aire cautivo.
Mientras la calle larga y única que viene y va por la lonja ribereña aún evidencia vueltas y revueltas, el aguadero muestra su cuenca avizora hacia las alturas. Recién comienza la primavera en el hemisferio sur. Es “La vuelta de los marcos” un lugar que recuerda a dos emprendedores yugoslavos que llegaron a Diaguitas en los tiempos de la Revolución Industrial vigente en Europa, Norteamérica y otras latitudes. Allí, donde el canal San Isidro empieza a tomar altura se asentaron en casona de adobes y galpón amplio con vista a la huerta. Los lugareños –herederos de la cultura diaguita- recién cambiaban algarrobales por los ahuacates o paltas rebautizadas en el lenguaje criollo. -¡Ahora, la cosa era distinta! aún recuerdan. De la noche a la mañana –tal como en las tareas del mandinga- la huerta fue transformada en vergel. Preconizan.
El pozo es ojo de aire cautivo.
Cuentan que los vecinos nuevos, tan pronto llegaron, ojearon el pedregal repleto de arena y piedrecillas multicolores de lado a lado. Árguenas y costales de cuero con ripio, aumentaban. Mientras tanto, con sonrisa afectuosa, que sorprendía, especialmente, a las dueñas de casa, mostraban la importancia de los vegetales en la dieta: -“¡Coman hervidos y ensaladas!” sugerían. Lamentablemente, las “carpas”, “lisas” y “pejerreyes” del río Elqui no eran aptas para los “salados” asequibles en el mar Adriático. Sin embargo, la receta de los “niños envueltos” se adaptaba al entorno con hojas de parra y algún polluelo sorprendido. ¡Ah, la tenacidad de los marcos no paraba y el acopio de material aumentaba día a día! No lejos, por la magia de los cerros, terrales hermanos bailaban con otros instrumentos del mundo antiguo, en los arenales de la lonja. Pero…
El pozo es ojo de aire cautivo.
Habíamos quedado que hay un aguadero –“Chorro”- en la vuelta de los marcos del poblado. En efecto, aún es posible ver al ojo artificial que refleja ciertos imprevistos que vienen desde el Cosmos o visiones alentadoras para la Paz del Universo. Allí, Pedro Rivera de regreso desde los cultivos en Peralillo, detenía la carreta y abrevaba a sus bueyes: “Bandera” y “Maravilla”. Ya por los años treinta –siglo XX- concienciaba que “sembrando y vendiendo fideos” empezaba su fortuna. Los terrales del Mare Nostrum no fueron ajenos a la “morriña” de los vecinos asentados en tierra de nativos. Se fueron dejando el esfuerzo de una industria para espejos y cristales. Hay que aliñar a la raiz de camarote, recuerdan los vecinos del ayer. ¡Vale! La coyunta rumiadora, estampa del ayer, retoma la vuelta del camino para aquellos silencios aldeanos en la región de los valles.
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